Por Norland Rosendo González (www.cubahora.co.cu)
La paz estará en Beijing. Durante casi todo agosto esa gigantesca urbe asiática, que asombra por su milenaria cultura y la originalidad de las obras edificadas para estos Juegos Olímpicos, se convertirá en un armónico abanico de nacionalidades, vestuarios, culturas y sueños.
Es una reunión universal en la que los participantes hablan el mismo lenguaje del deporte, y la única contienda permitida es por las medallas. Solo suenan las armas del tiro deportivo.
La capital china devendrá escenario para que compitan bajo los aros olímpicos de la hermandad, el respeto y la rivalidad sana, miles de atletas, no importa la jerarquía económica de su país de origen. Así, estarán en la misma línea de arrancada los egipcios, guatemaltecos, franceses, norteamericanos, congoleños…
China y Cuba, por ejemplo, dos países con excelentes relaciones en todos los sentidos, posiblemente "rompan" por cerca de 13 segundos su amistad, para disputar el oro en las vallas cortas masculinas: Dayron Robles contra Xiang Liu; pero todo quedará en ese lapso, luego volverá la paz.
Net por medio, en el campo de fútbol o de pelota, en el tatami o en las barras asimétricas sucederá igual, en las instalaciones deportivas deslumbrará el arco iris de uniformes y ritmos tradicionales.
Pero no todos los anhelos serán cumplidos. Como consecuencia de este mundo al revés, en las gradas, además de los anfitriones, aplaudirán aficionados procedentes en su mayoría de los países ricos, los únicos que pueden darse el lujo de pagar el viaje turístico a la cita estival.
Se verán poquísimos -si es que se ven-, mozambiqueños, hondureños y haitianos, por solo citar algunas nacionalidades, quienes tienen que lidiar, tristemente, en la olimpiada diaria por la supervivencia. La inmensa mayoría de ellos son atletas de alto rendimiento en la eterna competencia por un plato de comida o por un puesto de trabajo, no importa que sea decoroso, pues con tanto desempleo, para millones de personas cualquier plaza laboral es buena.
Otros tantos, sobre todo en aldeas africanas, ni siquiera se enterarán de que coterráneos suyos rivalizan por una presea en Beijing, porque no saben, en pleno siglo XXI, que la televisión existe.
En Irak, la petroguerra del dictador W. Bush no dejará de sonar sus cañones para tratar de doblegar a un pueblo que se resiste al yugo, y se bate con los invasores, como David contra Goliat.
Allí, en Bagdad, no habrá paz. Las noticias de estos días reflejan más muertes y heridos, explosiones, soldados norteamericanos que piden regresar y un gabinete imperial en Washington que actúa en contra del sentido común, de las lógicas de la civilización. ¡Qué mundo!
Navegando en Internet, fuera de la colosal piscina informativa de los Juegos de Beijing, hay datos más electrizantes que la final de los cien metros planos: unos 2,8 mil millones de seres humanos son pobres en el orbe y de ellos, casi la mitad viven en la miseria; 11 millones de niños mueren cada año por causas evitables; 34 millones de personas están infectadas con VIH SIDA; mil 200 millones ganan menos de un dólar diario. En África subsahariana, los niños al nacer tienen 19 probabilidades más de fallecer que los nacidos en el primer mundo.
Ninguno de los que integran esas estadísticas será campeón olímpico, ni asistirá como espectador a una cita de los cinco aros. Solo si ocurriese un milagro materializarían ese sueño, y para los pobres casi nunca se planifican milagros, a no ser la Operación que con ese nombre desarrolla Cuba en América Latina y el Caribe para devolverles la visión a los ciegos de bolsillo vacío.
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